Los datos están sobre la mesa:
- La industria acumula caídas interanuales cercanas al 8%
- El comercio minorista retrocede en torno al 7%
- El desempleo se ubica alrededor del 7,5% hacia fines de 2025
- Los salarios reales siguen por debajo de los niveles previos al ajuste
A eso se suma un dato estructural: los gastos fijos —servicios, transporte, vivienda— ya absorben cerca de una cuarta parte del ingreso familiar, varios puntos por encima de 2023. No es percepción. Es restricción económica concreta.
Sería un error no reconocerlo. El gobierno de Javier Milei logró :
- Superávit fiscal primario y financiero sostenido
- Desaceleración marcada de la inflación, aunque es la más alta de América Latina
- Reducción del déficit cuasi fiscal
- Una señal de disciplina que recuperó credibilidad externa
Pero la política no se juega solo en la coherencia técnica. Se juega en la vida cotidiana.
Ahí aparece la tensión central de este momento. Mientras el Gobierno consolida el orden macroeconómico, la economía doméstica sigue bajo presión, ese desacople empieza a tener consecuencias políticas.
El dato es consistente: la pérdida de poder adquisitivo, el temor a perder el empleo y el freno del consumo explican la mayor parte del malestar.
Mientras el Gobierno sostiene que “lo peor ya pasó”, el sistema político actúa como si el futuro estuviera abierto. El peronismo se reacomoda.
Axel Kicillof aparece mejor posicionado en algunos sondeos, pero enfrenta tensiones internas evidentes: La Cámpora condiciona, y Cristina Fernández de Kirchner sigue siendo el factor ordenador del espacio.
Para la mirada de la gente el desafío ya no es estabilizar, es sostener el orden macroeconómico, pero traducirlo en alivio concreto para una sociedad que no llega a fin de mes.
