Esto no ocurre porque seamos menos inteligentes, sino porque vivimos bombardeados por estímulos que entrenan a nuestro cerebro a desear lo inmediato. Así pasamos de un video de 15 segundos a un tweet sin reflexionar.
El pensamiento profundo se convierte en un lujo que nadie está dispuesto a pagar. Cuanto más pensamos superficialmente, menos capaces somos de entender profundamente.
Acceder a miles de datos no equivale a comprender la realidad porque una sociedad que no sabe distinguir entre lo verdadero y lo falso, entre lo importante y lo irrelevante, se convierte en un sociedad vulnerable, manipulable, frágil.
Un amigo mío lo define como “pereza intelectual” … no vivimos una crisis de información porque las redes están abarrotadas de ella, sino una crisis de interpretación, lo cual hace que la abundancia de lo que consumimos termine siendo nuestra mayor pobreza. El mundo en que vivimos ha aprendido a explotar esa debilidad, las redes sociales, la publicidad, la política, todo está diseñado para apelar a lo más simple, rápido y emocional. El resultado es simple: cada vez utilizamos menos el pensamiento crítico y consumimos opiniones “empaquetadas” donde triunfa el contenido más viral sobre el verdadero. Esta comodidad intelectual se ha convertido en norma y hace que la gente discuta en internet sobre temas que no entiende o se vuelva tendencia una idea absurda.
No es un tema menor porque si resistiéramos esta tendencia analizando los temas, lo que nos ocurre como sociedad, aunque esto sea lento e incómodo, servirá para no conformarnos con lo mínimo, para poder volver a soñar, para luchar y no para comportarnos como un rebaño que no sabe crear y aspirar a un mundo mejor, descubriríamos como dice el título de este artículo, que hay un camino mejor para los que se atreven a pensar por sí mismos.