“Los enemigos de Irán deben saber que las Fuerzas Armadas defenderán estas fronteras vitales y el infierno es el único destino final para los soldados invasores”, declaró Rezá Aref, en una de las advertencias más contundentes desde el inicio de la escalada.
La frase apunta especialmente a la posibilidad, mencionada por el gobierno estadounidense, de avanzar sobre la isla de Jarg, un punto neurálgico para la economía iraní.
La isla de Jarg se transformó en el eje del conflicto. Desde allí, Irán canaliza cerca del 90 % de sus exportaciones de petróleo, lo que la convierte en un objetivo estratégico tanto militar como económico.
En respuesta a las amenazas, Teherán reforzó su defensa con un sistema en capas que incluye misiles tierra-aire portátiles y la instalación de minas en zonas sensibles, especialmente en las costas. El despliegue apunta a dificultar cualquier operación anfibia.
La tensión se disparó tras los bombardeos realizados a fines de febrero por Estados Unidos e Israel, que tuvieron como objetivo instalaciones iraníes y provocaron la muerte de altos dirigentes políticos y militares.
Desde entonces, Irán respondió con una serie de ofensivas que fueron escalando en intensidad. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica aseguró haber alcanzado objetivos estratégicos en bases vinculadas a ambos países.
Según el propio organismo, fueron impactados “centros de mando, hangares de drones, almacenes de armamento y escondites de personal militar y pilotos”, en el marco de una nueva fase de su operación militar. Para estos ataques se utilizaron misiles balísticos, tanto de combustible líquido como sólido, y drones.
El conflicto ya tiene consecuencias más allá del plano militar. Irán avanzó con un bloqueo casi total del estrecho de Ormuz, una vía clave para el comercio energético global por donde circula cerca del 20 % del petróleo y gas del mundo.