Lula ganó por cuatro millones de votos de diferencia. Fue 51,79 por ciento contra 48,21, remontando por primera vez un resultado en un balotaje tras ser segundo en la primera vuelta, que había terminado 47 a 45 para el ultraderechista.
Este hijo de Brasil, surgido del hambriento nordeste seco en Pernambuco, que se forjó tornero metalúrgico en la caótica industrialización de San Pablo y desde allí al sindicalismo y la política, derrotó inclusive a Trump, a las Big Techs, a la justicia electoral conducida por el bolsonarismo y las poderosas empresas de apuestas, a las que prohibió antes de la elección. También derrotó a la Federación de Industrias de San Pablo, que había llamado a votar a Bolsonaro por oponerse a la reducción de la jornada laboral.
El tamaño de la victoria también tiene que ver con la remontada y la movilización popular. “Los sociólogos algún día deberán explicar lo inexplicable. Nadie organiza las marchas; la gente salía a la calle. El pueblo salió a defender al pueblo, no a Lula”, dijo el mandatario luego de votar en Sao Bernardo do Campo, municipio del Gran San Pablo donde se hizo sindicalista para enfrentar a la dictadura.