A pesar del esfuerzo oficial, los operadores mantienen un escepticismo profundo. «No creemos que esta intervención pueda tener éxito por sí sola», sentenció Eoin Walsh, gestor de TwentyFour Asset Management, quien calificó la medida como «un simple parche». La desconfianza no fue exclusiva de los bonos estadounidenses: los títulos británicos a 30 años también subieron su rendimiento a 5,81%, tras una breve tregua el miércoles.
En una entrevista con CNBC, Bessent insistió en que el mercado «se ha adelantado un poco» y adelantó que la administración presentará en los próximos días un plan para reducir el déficit fiscal. Aseguró que existe una «muy buena probabilidad» de que el déficit haya tocado techo, y mencionó los nuevos ingresos arancelarios y una cruzada contra el fraude impulsada por el vicepresidente JD Vance como herramientas para robustecer las arcas públicas. Sin embargo, sus palabras tuvieron un efecto efímero: el dólar continuó su declive y la deuda apenas mostró una leve mejora tras sus declaraciones.
El trasfondo de la turbulencia no es otro que la escalada de la deuda nacional estadounidense, que el miércoles alcanzó un récord de 40 billones de dólares. Los déficits persistentes —en torno al 6% del PIB—, sumados a los recortes impositivos de Trump y su promesa de aumentar el gasto en defensa en más de un 50%, generan un cóctel de incertidumbre que los inversores ya no están dispuestos a ignorar. Analistas de MUFG advirtieron que el anuncio del Tesoro «carecía de un plan estratégico» y que podría resultar contraproducente, erosionando la confianza en los activos estadounidenses y en el dólar.
Programa “minúsculo»
Por su parte, Keith Patton, de Columbia Threadneedle Investments, calificó el programa de recompras como «minúsculo» en comparación con los programas de flexibilización cuantitativa de la Reserva Federal, y subrayó que estas intervenciones solo funcionan si van acompañadas de un verdadero ajuste fiscal.
Encrucijada
Kit Juckes, de Société Générale, fue más allá: con una deuda que roza el 100% del PIB, los inversores extranjeros podrían empezar a cuestionar su apetito por los activos estadounidenses, lo que forzaría a EE.UU. a elegir entre endurecer su política fiscal, asumir mayores costos de endeudamiento o tolerar un dólar más débil. Y el mercado, agregó, ya tiene su apuesta clara.
