14/08/2025 - NACIONALES DESTRUIR EL ESTADO ES DEBILITAR LA SOBERANÍAJavier Milei ha manifestado su intención de "destruir el Estado desde adentro" en incontables oportunidades y su gestión de gobierno avanza en esa dirección. Lo que inicialmente se presentó como una lucha contra un sistema "elefantiásico" y "la casta" que se beneficia de su funcionamiento se ha traducido, en la práctica, en una desarticulación sistemática de las capacidades del Estado argentino. Lejos de promover la eficiencia, y muchísimo menos la libertad, las consecuencias concretas en la vida cotidiana empiezan a ser identificables. Estas acciones plantean, además, una amenaza a un principio fundamental para cualquier nación: la soberanía. ...LEER MÁS ... El Estado, con sus imperfecciones, ha sido históricamente la herramienta que las sociedades han utilizado para construir, proteger y garantizar derechos, reafirmar su identidad colectiva y construir su autonomía. En palabras del sociólogo francés Pierre Bourdieu, el Estado es 'el lugar de concentración de todos los tipos de capital: económico, cultural, social y simbólico'. Destruirlo, por ende, no se agota en el achicamiento de las burocracias y la disminución del gasto público, como el vocero presidencial se encarga de festejar. También significa desmantelar la trama institucional que permite que una comunidad política exista como tal. Los ejemplos prácticos son numerosos y surgen en sectores de lo más diversos. En primer término, la paralización de la obra pública ha dejado proyectos inconclusos, muchos de ellos vinculados con infraestructura crítica, como rutas, hospitales y escuelas. Las consecuencias son múltiples: a la interrupción de servicios y la profundización de desigualdades territoriales se suma la pérdida de empleo. Otro caso es el debilitamiento de organismos estatales claves como el INTI y el INTA (que promueven el desarrollo productivo nacional mediante la investigación, innovación y transferencia tecnológica a los sectores industrial y agropecuario, respectivamente) y el Conicet. A través de un discurso que enaltece la eficiencia y la racionalización del sector privado se desmantelan capacidades científicas y técnicas que costaron décadas construir. La soberanía tecnológica y científica, fundamentales para un país que aspire a desarrollarse sin depender de potencias extranjeras, queda entonces comprometida. Paradójicamente, esta desarticulación de los organismos productores de conocimiento reduce las propias herramientas del Estado para tomar decisiones informadas, generar proyectos que beneficien a la sociedad o concebir políticas de largo plazo. Por su parte, el vaciamiento de organismos como el Instituto Nacional del Teatro y el Fondo Nacional de las Artes o el cierre de espacios culturales públicos frena la producción artística independiente, especialmente en regiones fuera del circuito comercial, restringiendo el acceso al arte, fundamental para la educación, la producción y la reproducción de la identidad nacional. La desaparición del Estado en el ámbito artístico empobrece a aquellos que trabajan en la cultura, pero también a quienes consumen y aprenden por medio de ella. De este modo, también se limita la diversidad de voces y se erosiona la identidad colectiva. Ya en términos concretos y territoriales, el Gobierno nacional ha demostrado un profundo desdén por la causa Malvinas (en sentido amplio, no solamente en lo que concierne a la guerra de 1982 sino también a su reivindicación histórica). El abandono de las posiciones diplomáticas históricas de Argentina en cuanto a reclamos territoriales en foros globales, que genera un profundo daño internacional para nuestro país, es prueba de ello. Bourdieu advertía que el Estado es productor de sentido al operar como un agente estructurante que construye la realidad social y define lo legítimo, lo normativo, lo posible. De esta forma, cuando el Estado renuncia a su rol no solo se achican presupuestos. Lo que se presenta como una ampliación de las libertades individuales frente a la opresión de un Estado ineficiente y corrupto termina habilitando la colonización de la vida social por parte de fuerzas económicas concentradas. Cuando, en lugar de corregir sus imperfecciones, el Estado se retira, el mercado no solamente ocupa su lugar sino que además impone su lógica. En este sentido, el vaciamiento del Estado es también una forma de ceder soberanía. Tal y como ya puede empezar a observarse, se delegan decisiones fundamentales en organismos financieros internacionales, se entregan sectores estratégicos a empresas extranjeras y se desregulan actividades sin evaluar sus impactos locales. Frente a esta situación resulta urgente recuperar una concepción del Estado y de la soberanía no ya como sinónimo de estatismo o burocracia sino como instrumento de articulación de lo social, de producción de bienes y servicios públicos y de protección frente a las asimetrías. En tanto la posibilidad de un país de definir su propio destino, la soberanía se diluye cuando el Estado pierde fuerza y presencia. |
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